BOLES (Máximo Gorki, Rusia 1868-1936)
He
aquí lo que me refirió un día un amigo:
«Cuando
yo era estudiante en Moscú, habitaba en la misma casa que yo una de “esas
señoras”. Era polaca y se llamaba Teresa. Una morenaza muy alta, de cejas
negras y unidas y cara grande y ordinaria que parecía tallada a hachazos. Me
inspiraba horror por el brillo bestial de sus ojos oscuros, por su voz varonil,
por sus maneras de cochero, por su corpachón de vendedora del mercado.
Yo
vivía en la buhardilla, y su cuarto estaba frente al mío. Nunca abría la puerta
cuando sabía que ella estaba en casa, lo que, naturalmente, ocurría muy raras
veces. A menudo se cruzaba conmigo en la escalera o en el portal y me dirigía
una sonrisa que se me antojaba maligna y cínica. Con frecuencia la veía
borracha, con los ojos huraños y los cabellos en desorden, sonriendo de un modo
repugnante. Entonces solía decirme:
-¡Salud,
señor estudiante!
Y
se reía estúpidamente, acrecentando mi aversión hacia ella. Yo me hubiera
mudado de casa con tal de no tenerla por vecina; pero mi cuartito era tan mono
y con tan buenas vistas, y la calle tan apacible, que yo no acababa de
decidirme a la mudanza.
Una
mañana, estando aún acostado y esforzándome en encontrar razones para no ir a
la Universidad, la puerta se abrió de repente, y aquella antipática Teresa
gritó desde el umbral con su bronca voz:
-¡Salud,
señor estudiante!
-¿En
qué puedo servir a usted? -le pregunté.
Observé
en su rostro una expresión confusa, casi suplicante, que yo no estaba
acostumbrado a ver en él.
-Mire
usted, señor… Yo quisiera pedirle un favor… Espero que no me lo negará usted.
Seguí
acostado y guardé silencio. Pensé: “Se vale de un subterfugio para atentar
contra mi castidad, no cabe duda. ¡Firmeza, Egor!”
-Mire
usted, necesito escribir una carta… a mi tierra -dijo con acento extremadamente
tímido, suave y suplicante.
“Bueno
-pensé-; si no es más que eso, ¿por qué no?”
Me
levanté, me senté ante la mesa, cogí papel y pluma y le dije:
-Siéntese
usted y dícteme.
Avanzó,
se sentó llena de embarazo, y me miró con aire confuso.
-Bueno;
¿cuál es la dirección?
-Señor
Boleslav Kachput, en Sventiani, camino de hierro de Varsovia…
-¿Quiere
usted decirme lo que he de escribir?
-Escriba
usted: “Mi querido Boles… corazón mío… mi fiel enamorado… ¡que la Santísima
Virgen te proteja!… Tesoro mío, ¿por qué no has escrito desde hace tiempo a tu
palomita Teresa, que está muy triste?”
Me
costó gran trabajo contener la risa; aquella “palomita” tenía cerca de dos
metros y medio de estatura y unos puños enormes, y era tan sucia, que parecía
haber pasado la vida limpiando chimeneas sin lavarse nunca. Logré permanecer
serio, y le pregunté:
-¿Quién
es ese Bole?
-¡Boles,
señor estudiante! -rectificó, visiblemente contrariada por mi deformación del
nombre- Boles es mi novio.
-¡Novio
de usted!
-¿Por
qué, señor estudiante, se muestra tan asombrado? ¿Acaso yo, una muchacha, no
puedo tener novio?
¡Ella
una muchacha!
-¿Por
qué no? Todo es posible. ¿Hace mucho tiempo que son ustedes novios?
-Más
de cinco años.
-¡Caramba!
-me dije.
En
fin, acabé de escribirle la carta. Una carta tan tierna, tan amorosa, que yo
hubiera con gusto ocupado el lugar de Boles si su corresponsal no hubiese sido
Teresa, sino otra mujer de menores dimensiones.
-¡Se
lo agradezco a usted de todo corazón, señor estudiante! Me ha prestado usted un
gran servicio -me dijo Teresa saludándome-. ¿No podría yo, en pago, prestarle a
usted otro a mi vez?
-No;
se lo agradezco.
-¿No
necesita el señor estudiante que le remienden la camisa o los pantalones?
Aquel
mastodonte con faldas me puso colorado, permitiéndose tal suposición.
Nada
suavemente, le contesté que no tenía necesidad de sus servicios.
Y
se marchó.
Pasaron
quince días. Una tarde estaba yo sentado junto a la ventana, pensando en el
modo de abstraerme de mi propia persona. Me aburría terriblemente. Hacía mal
tiempo; yo no tenía ganas de ir a ninguna parte, y me entregaba al
autoanálisis. Esto no era muy divertido; pero yo estaba tan sin ánimos…
De
pronto, la puerta se abrió; por fin llegaba alguien.
-¿El
señor estudiante no tiene ninguna ocupación urgente?
Era
Teresa… ¡Diablo!
-No.
¿Por qué?
-Yo
le agradecería al señor estudiante que me escribiera otra carta.
-Estoy
a su disposición de usted. ¿La carta es para Boles?
-No;
hoy es de él.
-¿Cómo?
-¡Qué
estúpida soy! Me he explicado muy mal. Hoy no se trata de escribirme una carta
a mí, sino a una amiga… Es decir, no a una amiga, sino… a un joven… No sabe
escribir y tiene una novia… Se llama como yo: Teresa… ¿Ha comprendido usted?…
Tendrá la amabilidad de escribirle una carta a la otra Teresa…
La
miré; parecía llena de confusión; sus dedos temblaban… A pesar de lo embrollado
de sus palabras, empecé a adivinar…
-Escúcheme,
señora -le dije-: los Boles y las Teresas sólo existen en su imaginación de
usted. Ha inventado usted esas mentiras para hacerme caer en su trampa. Pero
usted se engaña. No tengo maldita la gana de entrar en relaciones con usted.
¿Me entiende?
Pareció
de pronto extrañamente temerosa y confusa, y empezó a mover de un modo grotesco
los labios, queriendo decir algo, pero sin decir nada. Yo la contemplaba, y
pensaba que, a lo que parecía, me había equivocado un poco al atribuirle la
intención de hacerme abandonar el camino de la virtud y que debía de ser otro
su objeto.
-¡Señor
estudiante!… -comenzó.
Pero
no pudo terminar; de un modo repentino, brusco y como desesperado volvió la
espalda y se marchó.
Yo
me quedé de muy mal humor. Tras una corta reflexión, me decidí a ir a su cuarto
para invitarla a volver al mío. Estaba dispuesto a escribirle todo lo que
quisiera.
Al
entrar en su cuarto, vi que estaba sentada junto a su mesa y con la cabeza
entre las manos.
-¡Oiga
usted! -le dije.
Siempre,
cuando llego a este punto de mi narración, me asombro de mi estupidez… ¡Fue
aquello tan tonto!
-¡Oiga
usted! -le dije.
Se
levantó bruscamente, se dirigió hacia mí, con los ojos brillantes; apoyó sus
manos en mis hombros, y empezó a murmurar, o, mejor dicho, a tronar con su
bronca voz:
-¡Bueno!
Supongamos que no hay, en efecto, ningún Boles… Que Teresa tampoco existe… ¿Qué
le importa a usted? ¿Le cuesta tanto trabajo escribir unas cuantas líneas?
Debía darle vergüenza… Tan joven, tan blanco. ¡Sí; no hay ni Boles ni Teresa,
sépalo usted! No hay más que yo… ¿Estamos?
-Permítame
usted -le pregunté, estupefacto por sus palabras-. ¿De qué se trata entonces?
¿No hay ningún Boles?
-¡No!
-¿Y
ninguna Teresa?
-Ninguna
Teresa tampoco. Teresa soy yo.
Yo
no comprendía ni una palabra. La miré atónito y me pregunté cuál de los dos se
había vuelto loco.
Mi
vecina se acercó de nuevo a la mesa, buscó en ella algo y después se dirigió
hacia mí y me dijo con tono de enojo:
-¡Si
ha sido para usted tan molesto escribirle la carta a Boles, tómela, llévesela
si quiere. Ya encontraré otros señores que se presten gustosos a escribirme
cartas.
Y
vi que me alargaba la que yo le había escrito a Boles. ¡Demontre!
-Oiga
usted, Teresa. ¿Qué significa esto? ¿Para qué quiere usted pedirle a los demás
que le escriban cartas cuando ni siquiera ha echado ésa al correo?
-¿Pero
a quién quiere usted que se la remita?
-¡A
ese… a Boles!
-¡Pero
si no existe!
¡Decididamente,
yo no comprendía una palabra!
No
me quedaba más que irme. Y lo hubiera hecho al punto de no haberse empeñado
ella en explicarse.
-¿Qué?
-dijo enojada-. Ya le digo a usted que Boles no existe…
Y
se pintó en su rostro una gran extrañeza de que no existiera.
-Sin
embargo, debía existir. ¿No soy yo un ser humano como los demás? Claro que soy…
En fin, ya sé lo que soy; pero no le hago daño a nadie si le escribo…
-Perdone
usted. ¿A quién?
-¡Toma,
a Boles!
-¡Pero
si no existe!
-¡Jesús,
María! ¿Qué importa que no exista? Yo me lo imagino. Le escribo y me figuro que
existe en realidad. Teresa soy yo; él me contesta… y luego, a mi vez le
contesto yo…
Entonces
comprendí.
¡Me
dio una vergüenza, experimenté un dolor, una pena! ¡Junto a mí, a tres pasos de
mi puerta, vivía una mujer a quien nadie en el mundo le había dado muestras de
afecto, y se había inventado un amigo!
-Mire
usted -continuó-, usted me ha escrito una carta para Boles, yo se la doy a leer
a otros, y cuando les oigo leérmela, me hago la ilusión de que Boles, en
efecto, existe. Después suplico que me escriban una carta de Boles para Teresa,
es decir, para mí. Y cuando me leen esta carta, no me cabe ya duda de que
existe Boles, lo cual me hace la vida más llevadera.
-¡Diablo!
¡Vaya una historia! -me dije.
En
fin, a partir de aquel día, comencé a escribir puntualmente dos veces por
semana cartas a Boles y respuestas de éste a Teresa, que escuchaba ella
llorando de emoción o más bien aullando broncamente. En pago de las lágrimas
que le arrancaban las respuestas del Boles imaginario, me zurcía gratis los
calcetines, las camisas y otras prendas.
A
los tres meses, la metieron en la cárcel, no sé con qué motivo. Probablemente
se habrá muerto ya…»
El
narrador sopló la ceniza del cigarrillo, miró pensativamente al cielo, y
concluyó:
«Si,
así sucede… Cuando más le persigue el destino, más ávidamente busca el hombre
la felicidad. Pero nosotros no nos percatamos de ello, porque nuestros
corazones están blindados por virtudes vetustas y lo vemos todo al través de la
niebla que pone en nuestros ojos el contento de nosotros mismos, la convicción
estúpida de nuestra impecabilidad…»
Tras
una breve pausa, agregó:
«En
fin, todo esto es estúpido y cruel. Se habla de los hombres encenagados. ¿Qué
son los hombres encenagados? Ante todo, son seres humanos, con los mismos
huesos, la misma sangre y los mismos nervios que nosotros. Y se nos habla de
los hombres encenagados todos los días, desde hace siglos. Nosotros escuchamos
y… no ¡es demasiado imbécil! En realidad, nosotros somos también hombres
encenagados, caídos muy bajo, caídos en el fondo de nuestra convicción errónea
de que nuestros nervios y nuestros cerebros son superiores a los de los demás,
cuando toda nuestra superioridad consiste en que somos más cucos y sabemos
hacernos los buenos mejor que los demás…
Pero
basta de filosofías. Todo esto es tan sabido que da vergüenza hablar de ello.»
FIN
“En casa cuentos” por Gonzalo Aciar y
Guillermina Luján. 2020
Imagen Guillermina Luján.

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