Era un negro esclavo ¡tan habiloso en sus trabajos…! Ya lo ponía el amo a hacer un telar, que lo armaba con la misma buena mano que podaba los frutales de la huerta. Ya herraba los vacunos que pasaban a Chile, como modelaba botijas a pulso y las cocía, con el justo punto, en el horno botijero. Para hacer el aguardiente no había mano como la suya. Y era carretero y arriero y muchas veces llegó con vinos al apartado Buenos Aires. Allí vendía los productos de su dueño y retornaba con bayetas, cuchillos, y polvillo de olor y tantas otras minucias para la tienda de su amo. Este negro sabía pulsar la guitarra. Cuando sus dedos arrancaban las dormidas armonías del cordaje, tristes suspiros levantaban su pecho porque cantaba a su bien perdido: la libertad. Viéndolo su amo anegado en el bajo de la tristeza, le preguntó como al descuido, que por qué se abatía de ese modo. “Por mi libertad, amito”, le respondió el servicial, y se animó a preguntar a su dueño: “¿Puedo soñar con mi redención?” “...
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